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miércoles, 26 de febrero de 2014

50 km/h, la velocidad absurda.


Ayer tuve la maldita suerte de toparme con un descerebrado de esos que apestan nuestras calles con sus complejos extremos y su falta de autoestima, de esos que las tienen que suplir mediante la adicción de caballos de vapor a sus inseguridades. Sí, un chulo asesino que ante la extrema falta de personalidad tienen que asegurar sus inseguridades llamando la atención con algo externo. En fin, un caso grave de estudio psicológico.
Resulta que iba caminando con mi hija por una calle de mi localidad que tiene aparcamiento a ambos lados, aceras más bien estrechas y un carril en el cabe un coche bastante justo, en definitiva, una calle en la que sería de razón reducir la velocidad por debajo de los 30 km/h ya que en cualquier momento se te puede cruzar una persona (una vida) a la que no ves. Este descerebrado asesino, porque no se puede ser de otra forma con esta actitud, arrancó desde el principio de la calle pisando a fondo y, deleitándonos con su patético ruido de tubo de escape, recorrió la corta distancia hasta el final a, calculo, cerca de 100 km/h, provocando la ira y la perplejidad entre los que tuvimos la mala suerte de toparnos con su estupidez. Por suerte, esta vez no hubo que lamentar víctimas.
Y es que, en España, sale demasiado barata la impunidad al volante. Matar a alguien con un coche, incluso borracho, a velocidad excesiva y burlándose de la vida de todos tiene unos castigos ridículos, cuando debían ser ejemplarizantes. Hay más condena por hurto que por atropello con consecuencia de muerte con agravantes. Véase el caso que se falló ayer.

Pero quiero hacer reflexionar algo más, dejando de lado estos casos extremos que, por suerte, son pocos.
En nuestras ciudades, la velocidad máxima (sí, es la máxima) permitida en la mayoría de vías son 50 km/h. Para la mayoría de conductores compulsivos es ridícula, porque hay que reconocer que dentro de un coche la sensación de velocidad es mucho menor de lo que debería ser. La suavidad con la que el pedal de aceleración da la potencia hace que nos sea imperceptible, unida al aislamiento de la falta de contacto con el exterior. O estás muy concienciado con que en cualquier momento pueda surgir un obstáculo o es la ilusoria sensación transmitida.
Para el peatón, es la costumbre; ver pasar los vehículos a gran velocidad. Sólo hay que detenerse un momento, establecer un punto fijo, y ver pasar los vehículos. Ahí es donde realmente nos damos cuenta del potencial destructivo de 1.000 kilos de acero. Porque no hay que olvidar que esas impactantes imágenes de dummies chocando dentro de un coche contra otro vehículo o contra un muro de hormigón, se realizan a esa velocidad. Todas esas pruebas del test NCAP están hechas entre 50 y 60 km/h y el destrozo se puede apreciar con claridad. Salvará la vida de sus ocupantes mediante deformaciones del chasis, absorción mecánica de fuerzas, airbags y demás idiosincracia, pero la destrucción exterior, sobre todo producida en la fragilidad de un cuerpo humano es mortal de necesidad.

Deberíamos hacer una campaña seria sobre este tema y educar en que con sólo reducir esa velocidad en 20 km conseguiríamos que más del 75% de los atropellos no acabaran en tanatorio. ¿De verdad vale menos una vida que las prisas de unos cuantos?

miércoles, 14 de agosto de 2013

Locos por la velocidad.





Muchas veces, y con razón, criticamos la excesiva velocidad de los vehículos a motor en nuestras calles y carreteras, y ya no sólo por los permisivos límites de velocidad sino porque éstos se superan impunemente con creces.
Pero el problema de la velocidad excesiva no es sólo una cuestión de números pintados sobre un fondo blanco dentro de un círculo rojo. Uno puede estar muy por debajo de los límites legales y estar superando la velocidad racional.
En este caso voy a poner las orejas coloradas a todos, porque parece que la adrenalina del ir deprisa no es sólo coto de los coches. Cuando uno, metido de lleno en este mundo e intentando que su imagen sea la mejor posible, ve algunas actitudes de "sorteo de peatones a gran velocidad" en aceras, parques y zonas compartidas, personas que no se detienen en los pasos de peatones porque van demasiado deprisa y, si hay una retención de tráfico, utilizan el rebaje de un paso de peatones para evitar los coches a través de la acera, sin reducir, no puede por menos que sentirse cabreado y pensar en la pobre imagen que los demás, que también cometen sus infracciones pero no lo reconocen, piensan de TODOS los ciclistas. He visto muchas veces calificar de barbaridad los carriles bici, porque "por ellos no se puede circular deprisa". Los carriles, y sobre todo las acera-bici, tendrán todas las pegas y deficiencias que queráis, pero esta excusa de la velocidad me parece un efecto más de una sociedad con prisas excesivas, sin respeto hacia los demás y que confía demasiado en el efecto videojuego que produce el sentirse aislado del resto de los que nos rodean (hasta que llega la tragedia y te das cuenta de que estás en el mundo real).
No pasa nada por detenerse en los pasos de peatones, ni por pararse detrás del tráfico, ni por bajarse y arrastrar la bici unos metros, precisamente, es una de sus principales ventajas.
No pretendo hacer un sermón, pero la carencia de educación vial en España es un verdadero problema, en todos los ámbitos. Mientras corrijamos este error de base, bici lenta. ;)

martes, 28 de mayo de 2013

No es por la seguridad.

Señora Seguí:
A pesar de que ya estamos cansados de escuchar, escribir, reaccionar, condenar y temer la llegada del "coco" en forma de casco obligatorio en nuestras urbes, hoy me gustaría hacerla reflexionar sobre ese aparente paternalismo y esa supuesta preocupación por mi seguridad y mi vida que se destilan de esa medida.
Y, no, no puedo creerme que sea por mi seguridad por lo que se intenta imponer un elemento que ha demostrado su carencia de la misma en los escenarios urbanos de (casi) todo el mundo.
Si usted se preocupara de verdad por mi seguridad, comenzaría por eliminar de la ley el artículo más peligroso de la misma, que es el obligarme a circular por la derecha del carril, exponiéndome a ser aplastado contra un coche aparcado, o a ser golpeado por alguien que abre la puerta de un vehículo, o a sufrir una caída al ser arrinconado contra un bordillo. Porque esta medida solo da alas a ser adelantado sin cumplir las mínimas normas de seguridad y a la prepotencia del más fuerte.
Si fuera por mi seguridad, disminuiría la velocidad en nuestras ciudades, no sólo por mí, sino por los millones (sí, millones) de peatones que se merecen una segunda oportunidad en caso de un accidente, entre los que se encuentran los niños y el futuro de este país.
Si fuese por mi seguridad, a colación de los peatones, no me haría subirme a las aceras, exponiéndome a cruzar por los pasos de peatones, muchas veces sin visibilidad, poniendo en peligro mi vida y las de los viandantes.
Si por ese motivo fuese, haría campañas de sensibilización y respeto vial, educando en la convivencia y alentando la idea de que las calles son de todos, de que tenemos el mismo derecho a circular que cualquier vehículo y que, no por lento, debemos ser un estorbo a arrinconar.
Sea un poco más observadora y fíjese en la responsabilidad del colectivo ciclista y de cómo usa el casco cuando lo cree conveniente. Fíjese en la gran cantidad de ellos que lo utiliza y que confía en él para su seguridad subjetiva. Promueva, si quiere, campañas para su uso, pero explique los porqués de su recomendación y no hable de cifras totales, porque las mismas se vuelven contra los propios objetivos, al fijar a el coche e incluso el caminar como las principales causas de traumatismos craneoencefálicos.
No nos aísle del resto de países de utilización masiva de la bicicleta, no sólo por el casco sino por todo lo expresado en esta carta. Si realmente pretende nuestra seguridad, fíjese en sus normas, en sus logros y en como sus ciudadanos no percibe la bicicleta como algo peligroso e inseguro, porque no lo es. Porque lo que realmente mata es el coche. Y la seguridad real en los desplazamientos en bicicleta la dan el uso masivo de la misma, el respeto mutuo y la humanización de nuestras ciudades.
Si su objetivo real es la seguridad, pregunte y consensúe con los afectados. Si son otros, por favor, no los camufle.

viernes, 30 de marzo de 2012

Límites de velocidad: panacea o utopía.

Mientras pensaba como redactar este artículo y tomar las fotos del mismo, me he enterado de la noticia de que el gobierno está estudiando (es decir, lo hará) aumentar los límites de velocidad en nuestras carreteras, tras 8 años de reducción de accidentes en las mismas. En cuanto al tema medioambiental, ¿qué se va a esperar de un Ministerio de muchas cosas y Medio Ambiente que pretende permitir construir hasta dentro del agua en las costas, que ha quitado la subvención a las energías limpias y renovables, que pretendía permitir la caza del lobo ibérico al sur del Duero, dirigido por un magnate del petróleo que tiene cinco coches en casa? Pues eso, lo que está pasando.
Pero volviendo a los límites de velocidad, con estas premisas, ¿todavía hay alguien que crea que se va a llegar a aprobar el nuevo Reglamento General de Circulación, reduciendo los límites de velocidad en las calles de un solo carril por sentido y dando prioridad a la circulación de bicicletas? Yo no (¡ojalá me equivoque!).
Pero, en el caso de que llegara a aprobarse, ¿se respetaría el límite de 30 km./h. en nuestras ciudades? Pues pienso que igual que se respeta el límite de 50 km./h. ¡De ninguna forma!


Me he acercado esta tarde hasta las inmediaciones de un colegio en mi localidad, un colegio a cuyo comedor acude mi hija a diario y en el que compruebo día tras día, de primera mano, que queda muy bonita la señalización vertical, pero que nadie la respeta. Lo que más me sorprende e indigna, es que sean los propios padres que van a por sus hijos los que no respeten este límite, y pongan en peligro a los pequeños, sobre los que hay que tener mil ojos para que no pongan un pie en la calzada.


Tras pasar por ahí, me he ido a una de las calles peatonales de Miguelturra, limitada a 10 km./h. y por la cual sólo deberían pasar los vehículos que acceden a las cocheras. Pues bien, todo el que circula por aquí, lo hace para trasladarse hasta la calle del fondo y, tras salvar el pequeño escalón que hay a su entrada, circulan como si de cualquier calle se tratase, y apártate o te aparto. De hecho, nada más tomar la foto, ha pasado un coche que no cumplía la limitación ni de lejos y, cómo no, ha salido por el otro extremo. Sí, es prácticamente imposible circular a 10 km./h. en un coche y casi en una bici, pero, por lo menos, ser lo absolutamente prudente que impone la situación.
Esta circunstancia se da en todas las calles de tráfico restringido tanto aquí como en Ciudad Real, donde ha habido que poner cámaras de grabación de matrículas para que no se usen como cualquier otra vía.
Visto ésto, debo parecer muy pesimista, pero no creo que la limitación de calles a 30 km./h. se vaya a cumplir. Me reiteraré siempre en que en este país lo que falta es educación vial, y que sólo parece que cumplimos los límites cuando hay radares y sanciones de por medio, y el hostigamiento a los ciclistas seguirá produciéndose. Mientras tanto, a esperar que se nos considere algo en nuestras ciudades.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Límite 30 km./hora.


Tras el fracaso de la nueva Ley de Tráfico que, como muchas otras cosas, se ha quedado en agua de borrajas, la Unión Europea ha propuesto limitar la velocidad en las zonas residenciales (y sólo ahí, señores de las prisas) a 30 km./hora. La decisión final, como siempre, de aplicar o no la medida, la tienen los países miembros.
Está demostrado que esta velocidad permite, en un 90% de los casos, frenar a tiempo ante un obstáculo imprevisto, como puede ser un niño detrás de un balón, un anciano que cruza sin mirar, etc. Es decir, estamos hablando de vidas humanas.
Pues bien, la reacción de los conductores no se ha hecho esperar: todos se niegan aduciendo que es una verdadera aberración y que ya se tarda demasiado en ir de un sitio a otro en coche como para que se reduzca más (no me extraña que una puñetera bici les estorbe a 20 Km./hora). En lo que no han pensado estos amantes de la velocidad urbana es en que, de media, la velocidad de un vehículo en una ciudad es de entre 10 y 15 km./hora. Está muy bien eso de pegar el acelerón entre semáforos o hasta la siguiente retención. Así quemamos más combustible, podemos atropellar a alguien y contribuimos a seguir con la boina negra que nos protege del sol. ¡Y la velocidad media seguirá siendo de tan sólo 15 km./hora!
En la Era de las Prisas, en las que se han sustituido casi todas las líneas de útiles trenes convencionales por los de alta velocidad, que se estropea un parque nacional para poder cruzar Despeñaperros en 5 minutos, etc. ¿creéis que es conveniente reducir la velocidad EN ZONAS RESIDENCIALES a 30 km./hora?
Quiero miles de comentarios aquí o en Facebook.